A menudo se acostumbra a pensar que
hablar de filosofía es hablar del ser, del alma, del sentido de la vida, del
bien y del mal, de la moral...; en definitiva, de conceptos muy abstractos.
Pero cuando se hojea el último libro de quien está considerado como el filósofo
francés contemporáneo más relevante a escala europea uno ve que reflexiona
sobre los domingos, las fiestas de Navidad o Semana Santa, la moda, las
vacaciones, los padres, los celos, las estaciones o la inmigración. Los
artículos de André Comte-Sponville recogidos en El placer de vivir (Paidós)
versan en su mayoría sobre la vida cotidiana actual, pero en ellos no faltan
referencias a Platón, Spinoza, Santo Tomás, Epicuro, Montaigne, Kant, Séneca...
¿Qué tienen que ver pensadores que vivieron hace cientos, cuando no miles, de
años con los problemas o la visión del mundo de hoy? “De los filósofos clásicos
podemos aprender, por ejemplo, que la vida es difícil; nos permiten entender
que las dificultades que hoy afrontamos no son consecuencia de la crisis de la
que tanto se habla; que desde que existe la humanidad la vida ha sido difícil y
que la felicidad no es tener una vida fácil, sino que amar la vida es amar
también sus dificultades”, responde Comte-Sponville. Y recuerda que Spinoza dijo
que no se desea algo porque se juzgue bueno, sino que se juzga bueno porque se
desea “y nosotros no amamos la vida porque sea buena o fácil, la amamos porque
la deseamos y juzgamos que es buena para nosotros”.
Cuando se dice que la filosofía “no
sirve para nada”, lo que se debería entender –lo que se debería decir– es que
la filosofía es un fin en sí misma. Es una ciencia que no es útil o
instrumental para producir nada. Nos referimos, por supuesto, a la filosofía
como camino hacia los principios fundamentales que dan sentido al mundo y a los
hombres: la verdad, el bien, la belleza. La filosofía no se inventa máquinas
para fabricar electrodomésticos, ni se ocupa de sintetizar medicinas para curar
enfermedades, ni se dedica a dirimir situaciones legales, ni calcula el ángulo
necesario de inclinación para poner un satélite en órbita…
La filosofía busca ofrecer al
hombre un “por qué” y un “para qué” de fondo que dé sentido a todo eso. Un
fundamento moral (bien), dogmático (verdad) y estético (belleza), que hagan al
hombre reflexionar sobre si la máquina que está usando en su fábrica no podría
remplazarse por mano de obra para producir empleo, aunque las ganancias sean
menores; sobre si el fin del fármaco que estás sintetizando es realmente
medicinal o todo lo contrario (como una píldora abortiva); sobre si existe un
fundamento universal, que atañe a todos los hombres, para fundar las leyes y la
dignidad de las personas; sobre las posibilidades estéticas de ese satélite–la
belleza de contemplar la creación, los cielos y las estrellas– que elevan al
hombre y lo acercan a Dios…
Además, la filosofía es la ciencia
de las causas últimas: y ahí entra en contacto con las ciencias. La filosofía
no se entromete a calcular las masas y la aceleración de los astros. Y los
físicos no deberían entrometerse a especular si hubo una creación a partir de
la nada o si el mundo –la materia, son eternos–. No, al menos, en calidad de
físicos.
Esa cuestión es estrictamente
filosófica. Por eso tiene sentido que filosofía y ciencia se den la mano: la
filosofía debe aceptar los datos aportados por la ciencia y la física debe
aceptar la explicación causal que surja del debate filosófico sobre esos datos.
El científico puede constatar que existen evidencias más que suficientes para
hablar de una teoría de la evolución biológica. Pero ningún científico puede
tomar una teoría y deducir una conclusión metafísica o teológica. Simplemente
porque tal conclusión supera el ámbito de competencia del método propio de su
ciencia.
Por otra parte, la filosofía
proporciona los fundamentos y principios de la ética, de la economía (en su
sentido original: ética de la familia) y de la política. Es la filosofía la
única capaz de dar una explicación suficiente de los principios rectores de
prudencia, justicia conmutativa y justicia distributiva. O debería serlo. A la
luz de la filosofía –de su largo y sufrido íter histórico– cobran sentido la
doble vara de medir que aplicamos al político como individuo y al político como
personaje público. A la luz de la filosofía se comprende que, así como la
tiranía nunca se justifica, y como la oligarquía difícilmente puede ser justa,
tampoco la democracia es un valor absoluto: la verdad no es tal porque lo opine
una mayoría. Y menos cuando tal mayoría es meramente representada en un
parlamento.
La filosofía debería ser la aliada
más íntima de las artes: pictórica, escultórica, arquitectónica, literaria,
cinematográfica… La filosofía aporta los temas de fondo –que tocan con más
insistencia y profundidad el corazón del hombre– y las artes los representan,
los “figuran”: les dan una forma exterior, palpable, visual. El arte alienado
de los valores de bondad, verdad y belleza, sumergido en subjetivismos
ignorantes y superficiales, se vuelve aberrante, anti-natural y anti-artístico.
Por supuesto, filosofía e historia
son hermanas inseparables. Cualquier intento de divorcio en este sentido
resulta catastrófico para la cultura: la historia no se puede comprender –no
tiene la mitad de su valor– si no incluye en su reflexión los hitos filosóficos
que han iluminado (y en ocasiones, ensombrecido) los siglos y las épocas de la
humanidad. Del mismo modo una filosofía que no atienda al periplo histórico de
la humanidad, a los hechos que en muchas ocasiones han influido directamente en
su desarrollo, no es más que charlatanería hueca e ideas sin aterrizar. No
puede entenderse a Platón sin Sócrates. No puede entenderse a Kierkegaard sin
Hegel. No puede entenderse a Descartes sin Duns Escoto.
En fin, la filosofía, como la misma
verdad, el amor, las humanidades, la literatura, las bellas artes… nos hace
mejores personas, mejores seres humanos. La filosofía pretende hacer al hombre
feliz o que, cuando menos, nos haga reflexionar sobre la felicidad. Tristemente
todo esto tiene poco o casi nada que ver con lo que se estudia en muchas de las
facultades de filosofía en Europa.
Para nada, nada y nada. Pero su
valor real es infinito. No “sirve”, ¡Pero vaya que si Sirve! Sirve y mucho. La filosofía
es la herramienta vital hoy en día en la sociedad porque nos obliga a pensar y
tener un pensamiento crítico sobre todas las cuestiones que he mencionado
anteriormente. Y por ello es una ciencia que se debería de considerar
importante y servible en todos los aspectos de nuestra vida, ya sea en el ámbito
escolar como en el trabajo como de fiesta con nuestros amigos. La filosofía siempre
está presente en cada decisión que tomamos.
Comentarios
Publicar un comentario