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¿Es la filosofía útil en la actualidad?

En primer lugar, voy a hablar sobre la importancia de la filosofía hoy en día y para ello explicaré los diferentes puntos de vista, así como sus pro y sus contras, basándome en las teorías de importantes filósofos. Muchos piensan que la filosofía o el hecho de razonar sobre algo que no está comprobado científicamente, es una pérdida de tiempo. Pero es todo lo contrario, porque la filosofía nos enseña a pensar, a cuestionar, a sacar conclusiones, a aplicar respuestas críticas a los problemas cotidianos y, en definitiva, a vivir de forma reflexiva. Por ello pretendo exponer la importancia, o mejor dicho, la existencia de la filosofía. Con lo cual ¿Para qué sirve la filosofía? ¿Qué produce? ¿Qué aporta a la economía?

 

A menudo se acostumbra a pensar que hablar de filosofía es hablar del ser, del alma, del sentido de la vida, del bien y del mal, de la moral...; en definitiva, de conceptos muy abstractos. Pero cuando se hojea el último libro de quien está considerado como el filósofo francés contemporáneo más relevante a escala europea uno ve que reflexiona sobre los domingos, las fiestas de Navidad o Semana Santa, la moda, las vacaciones, los padres, los celos, las estaciones o la inmigración. Los artículos de André Comte-Sponville recogidos en El placer de vivir (Paidós) versan en su mayoría sobre la vida cotidiana actual, pero en ellos no faltan referencias a Platón, Spinoza, Santo Tomás, Epicuro, Montaigne, Kant, Séneca... ¿Qué tienen que ver pensadores que vivieron hace cientos, cuando no miles, de años con los problemas o la visión del mundo de hoy? “De los filósofos clásicos podemos aprender, por ejemplo, que la vida es difícil; nos permiten entender que las dificultades que hoy afrontamos no son consecuencia de la crisis de la que tanto se habla; que desde que existe la humanidad la vida ha sido difícil y que la felicidad no es tener una vida fácil, sino que amar la vida es amar también sus dificultades”, responde Comte-Sponville. Y recuerda que Spinoza dijo que no se desea algo porque se juzgue bueno, sino que se juzga bueno porque se desea “y nosotros no amamos la vida porque sea buena o fácil, la amamos porque la deseamos y juzgamos que es buena para nosotros”.

Cuando se dice que la filosofía “no sirve para nada”, lo que se debería entender –lo que se debería decir– es que la filosofía es un fin en sí misma. Es una ciencia que no es útil o instrumental para producir nada. Nos referimos, por supuesto, a la filosofía como camino hacia los principios fundamentales que dan sentido al mundo y a los hombres: la verdad, el bien, la belleza. La filosofía no se inventa máquinas para fabricar electrodomésticos, ni se ocupa de sintetizar medicinas para curar enfermedades, ni se dedica a dirimir situaciones legales, ni calcula el ángulo necesario de inclinación para poner un satélite en órbita…

La filosofía busca ofrecer al hombre un “por qué” y un “para qué” de fondo que dé sentido a todo eso. Un fundamento moral (bien), dogmático (verdad) y estético (belleza), que hagan al hombre reflexionar sobre si la máquina que está usando en su fábrica no podría remplazarse por mano de obra para producir empleo, aunque las ganancias sean menores; sobre si el fin del fármaco que estás sintetizando es realmente medicinal o todo lo contrario (como una píldora abortiva); sobre si existe un fundamento universal, que atañe a todos los hombres, para fundar las leyes y la dignidad de las personas; sobre las posibilidades estéticas de ese satélite–la belleza de contemplar la creación, los cielos y las estrellas– que elevan al hombre y lo acercan a Dios…

Además, la filosofía es la ciencia de las causas últimas: y ahí entra en contacto con las ciencias. La filosofía no se entromete a calcular las masas y la aceleración de los astros. Y los físicos no deberían entrometerse a especular si hubo una creación a partir de la nada o si el mundo –la materia, son eternos–. No, al menos, en calidad de físicos.

Esa cuestión es estrictamente filosófica. Por eso tiene sentido que filosofía y ciencia se den la mano: la filosofía debe aceptar los datos aportados por la ciencia y la física debe aceptar la explicación causal que surja del debate filosófico sobre esos datos. El científico puede constatar que existen evidencias más que suficientes para hablar de una teoría de la evolución biológica. Pero ningún científico puede tomar una teoría y deducir una conclusión metafísica o teológica. Simplemente porque tal conclusión supera el ámbito de competencia del método propio de su ciencia.

Por otra parte, la filosofía proporciona los fundamentos y principios de la ética, de la economía (en su sentido original: ética de la familia) y de la política. Es la filosofía la única capaz de dar una explicación suficiente de los principios rectores de prudencia, justicia conmutativa y justicia distributiva. O debería serlo. A la luz de la filosofía –de su largo y sufrido íter histórico– cobran sentido la doble vara de medir que aplicamos al político como individuo y al político como personaje público. A la luz de la filosofía se comprende que, así como la tiranía nunca se justifica, y como la oligarquía difícilmente puede ser justa, tampoco la democracia es un valor absoluto: la verdad no es tal porque lo opine una mayoría. Y menos cuando tal mayoría es meramente representada en un parlamento.

La filosofía debería ser la aliada más íntima de las artes: pictórica, escultórica, arquitectónica, literaria, cinematográfica… La filosofía aporta los temas de fondo –que tocan con más insistencia y profundidad el corazón del hombre– y las artes los representan, los “figuran”: les dan una forma exterior, palpable, visual. El arte alienado de los valores de bondad, verdad y belleza, sumergido en subjetivismos ignorantes y superficiales, se vuelve aberrante, anti-natural y anti-artístico.

Por supuesto, filosofía e historia son hermanas inseparables. Cualquier intento de divorcio en este sentido resulta catastrófico para la cultura: la historia no se puede comprender –no tiene la mitad de su valor– si no incluye en su reflexión los hitos filosóficos que han iluminado (y en ocasiones, ensombrecido) los siglos y las épocas de la humanidad. Del mismo modo una filosofía que no atienda al periplo histórico de la humanidad, a los hechos que en muchas ocasiones han influido directamente en su desarrollo, no es más que charlatanería hueca e ideas sin aterrizar. No puede entenderse a Platón sin Sócrates. No puede entenderse a Kierkegaard sin Hegel. No puede entenderse a Descartes sin Duns Escoto.

En fin, la filosofía, como la misma verdad, el amor, las humanidades, la literatura, las bellas artes… nos hace mejores personas, mejores seres humanos. La filosofía pretende hacer al hombre feliz o que, cuando menos, nos haga reflexionar sobre la felicidad. Tristemente todo esto tiene poco o casi nada que ver con lo que se estudia en muchas de las facultades de filosofía en Europa.

 


Para nada, nada y nada. Pero su valor real es infinito. No “sirve”, ¡Pero vaya que si Sirve! Sirve y mucho. La filosofía es la herramienta vital hoy en día en la sociedad porque nos obliga a pensar y tener un pensamiento crítico sobre todas las cuestiones que he mencionado anteriormente. Y por ello es una ciencia que se debería de considerar importante y servible en todos los aspectos de nuestra vida, ya sea en el ámbito escolar como en el trabajo como de fiesta con nuestros amigos. La filosofía siempre está presente en cada decisión que tomamos.

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