“El ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir
entre el bien y el mal”, sentenciaba Anthony Burgess, escritor inglés y autor
de La Naranja Mecánica.
Sin embargo, otros autores, como el escritor colombiano
Fernando Vallejo, no opinan lo mismo: “El libre albedrío es ilusión, mera
falacia. Por más que arrojen a Edipo a los lobos, el niño crecerá y matará a su
padre, desposará a su madre, se vaciará los ojos. El destino está escrito en el
cielo y escrito con sangre”.
Entonces ¿somos dueños absolutos de todas nuestras
decisiones o es un mero espejismo?
La libertad es un tema controvertido del que hay infinidad
de opiniones. No obstante, la ciencia ha tratado de encontrar la verdad y
disipar este tipo de dudas existenciales. Por ello creo de especial importancia
debatir este tema, ya que a menudo nos preguntamos si realmente somos libres.
A los seres humanos nos gusta pensar que tomamos cada una de
nuestras decisiones de manera consciente o, lo que es lo mismo, que existe el
libre albedrío. Sin embargo, el neurocientífico Patrick Haggard, del University
College de Londres (Reino Unido), asegura que los estudios del cerebro indican
que antes de que seamos conscientes de que estamos decidiendo algo tan simple
como si beberemos té o café en el desayuno, o qué camino recorreremos para
llegar al trabajo, nuestro cerebro ya ha escogido. Las elecciones sobre cuál
será nuestra próxima acción son fruto de una serie de reacciones bioquímicas
que ocurren en el córtex parietal, tal y como demostró Angela Sirigu,
neurocientífica en el Centro de Neurociencia Cognitiva del CNRS, en Francia.
Por otra parte, científicos de la Universidad de California
(EE UU) han probado que analizando un área de la corteza prefrontal con
resonancia magnética funcional es posible predecir el comportamiento humano en
3 de cada 4 casos, revelando los propósitos y deseos de los individuos antes
incluso de que ellos los conozcan.
A esto se suma que una investigación dada a conocer hace
poco en The Journal of Neuroscience revelaba que existe una conexión entre la
actividad del cerebro humano en las neuronas núcleo accumbens -el centro de las
recompensas- y el comportamiento futuro con respecto a la alimentación y el
sexo, de manera que con un escáner se puede adivinar cuánto pesará una persona
dentro de seis meses, e incluso cómo será entonces su vida sexual. El presente
se impone como necesidad, no se puede hacer una cosa y la contraria al mismo
tiempo. El presente se escapa a nuestra elección, no hay más vuelta de hoja. El
pasado también, por supuesto, porque no se escoge entre aquello que es posible,
sin embargo, el pasado no existe más que como realidad pasada sobre la que no se
puede volver. No se puede actuar sobre el pasado, sólo se puede actuar sobre el
presente. ¿Y qué hay del futuro? Si depende del presente y este no podemos
elegirlo, también parece que se nos escapa a cualquier posibilidad de elección.
Tener la posibilidad de la elección supone que se puede al
mismo tiempo hacer y no hacer una cosa. Esto es lo que normalmente llamamos
“libre albedrío”. Se trata de la capacidad de escoger entre dos o varias
posibilidades, sin verse forzados, a priori, hacia una o hacia otra. Para
escoger, sería necesario que las dos posibilidades nos fueran indiferentes.
Pero, ¿qué es lo que provoca que una cosa nos interese, y
por tanto le prestemos cierta atención? Nuestros gustos, nuestras preferencias.
Sin embargo, ¿quién ha escogido sus propias preferencias frente a otras
posibles? Si nuestras elecciones están determinadas por algo que no hemos
escogido, entonces no son realmente elecciones, sino una ilusión de la
elección. Tan solo seguimos la inercia de nuestras preferencias. Nuestras
elecciones dimanan de nuestra personalidad en su conjunto. La posibilidad del
libre albedrío supone, por tanto, la posibilidad de escogerse a sí mismo.
¿Acaso no somos el producto de nuestra propia historia
personal, y particularmente de nuestra educación? Todo ocurre como si el libre
albedrío fuera algo impensable, y esto implica que podamos hacer y no hacer una
cosa al mismo tiempo. Pero, por otra parte, implica una postura de neutralidad
absoluta del sujeto frente a los términos de la elección, es decir, no tener
preferencias y por tanto ser una persona sin historia.
Que el libre albedrío sea una ilusión refuta cualquier idea
de libertad. Pongamos un ejemplo: no podemos escoger no leer un texto mientras
lo estamos leyendo. No tenemos elección, pero sí tenemos la elección de
continuar o dejar de leer. Escoger, no a partir de una posición abstracta de
neutralidad absoluta, sino a partir de lo que es, ahora, asumiendo lo que
somos, eso es la voluntad.
La diferencia con el libre albedrío, es que la voluntad no
se opone a la realidad. Si no podemos inventarnos literalmente, si no podemos
escoger más que en función de nuestra historia, sí que podemos, al menos,
decantarnos por esto más que por aquello.
Si el presente no es un comienzo absoluto, al menos es una
encrucijada, un puente hacia el devenir. No podemos seguir leyendo un texto
tras llegar al punto final, pero sí podemos continuar reflexionando sobre él, y
esa es nuestra libre elección.
Por tanto, la libertad no es una ilusión, es la condición
misma de la existencia humana. Y si el hombre es libertad, esto implica que el
hombre es responsable de lo que es, y más aún, el hombre está condenado a ser
libre.
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